Servicio del gas licuado: un sabor amargo

Por Javier Labrada García
Tercer Frente. 26 de agosto de 2021. Toda sociedad, desde tiempos remotos, ha tenido sus sistemas de organización y distribución. El nuestro, criticado hasta el cansancio por los detractores y desconocedores de su esencia, se basa en la equidad y la igualdad de oportunidades, aunque ambos esquemas han sufrido transformaciones en su práctica cotidiana que continúan acrecentado una brecha social que amenaza con deborar a los sectores más desfavorecidos.
Saliendo de la teoría, en el día a día el esquema de organización se tuerce al antojo de ciertos actores sociales.
El ejemplo que les traigo ha llamado la atención de la población por verse afectados directamente en la solución de sus necesidades.
Uno de los servicios básicos que tiene nuestro territorio en los últimos años es el del gas licuado, la popular Balita de gas, ese bien tan demandado y que hoy (lo digo por experiencia)causa estrés en los clientes que se trasladan casi a diario hacia el punto ubicado en la comunidad Santa Rosa 1, popularmente conocida como El Pre.
Para un cliente cualquiera, que desde horas tempranas llega con su Balita, una jornada se convierte en un día perdido. No importa que existan pocas personas en la cola; no importa siquiera el excesivo número de colas diferentes donde el oportunista hace malabares. Lo que importa es el respeto por lo socialmente establecido.
Existe una ley no escrita en este tipo de colas, donde cada Balita que va llegando se coloca al final de la fila. No se pregunta el último y se va corriendo según avanza la venta.
Cuando se definen las diversas colas pasan sucesivamente un cliente de cada una.
Cuando este servicio hizo su entrada al territorio también hicieron acto de presencia los Carretoneros, los cuales han sido y son una ayuda para aquellos clientes que no pueden trasladarse hasta el punto de venta por diversas razones, y en estos últimos meses son el «apoyo» para los aislados por la Covid 19. Sin embargo sigue siendo un negocio muy lucrativo, aunque alguno que otro se escude bajo el esmalte de que están haciendo «trabajo comunitario».

Ahí reside el problema. En esa cola, hasta hace varios meses atrás, un Carretonero podía cambiar hasta 5 Balitas de gas al mismo tiempo siempre que marcara en la cola de la calle.
Hoy los Carretoneros son una cola aparte y arbitraria, porque cuando llegan cargados al punto marcan como mensajeros de personas aisladas, y mientras un cliente de la cola normal o de impedidos físicos cambia una Balita, los Carretoneros cambian en su turno 10, 12, 15 o las que traigan.
Esta situación ha generado no pocas discusiones acaloradas porque en una cola (nada menos que en una cola)debe primar el respeto entre personas, y quienes madrugan o se trasladan desde lejos o tienen que pasarse la mañana en esa cola perdiendo parte de la Jornada laboral, ven su esfuerzo pisoteado por oportunistas. La impotencia es aún peor porque aunque se discuta el escenario no cambia.
Violentar lo establecido para beneficio de alguien o aprovecharse de lo establecido para el mismo objetivo creando un obstáculo para los demás, no puede nunca ser una postura aceptable. Esas situaciones generan caos, incertidumbre, preocupación y estrés entre quienes las viven.
Mientras los Carretoneros entran y salen como «Juan por su casa», el resto de las personas deben esperar horas y horas para ser atendidas, y al final del día el servicio adquirido no tiene un dulce sabor.
En esta situación cabe redóndamente la frase: «A río revuelto, ganancia de pescadores».
No hay control, no hay mecanismos de organización en un servicio tan importante. Y por el número de personas que se quejan por ello es un problema que debe mirarse por dentro. Nuestros tiempos no están para traernos más estrés, ni más sobresaltos. Y por esa misma razón, evitarlo hoy puede cambiar el mañana.

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